viernes, 12 de octubre de 2007

Cuentos Populares - Ben Said y el Mochuelo

Escribe Gontxi:



Inaguro con este cuento marroquí la sección de cuentos populares que pondré para que nos sea posible enriquecernos con más culturas que con la nuestra. Es importante no ser como los caballos, con la cabezada que le obliga a mirar sólo en una dirección, para eso mejor ser un halcón y poder ver más allá de lo nuestro, para así entender mejor a los demás.





Esta fábula se narra en Marruecos, pueblo musulmán de áfrica Septentrional (nórdico).

Los musulmanes tienen cinco preceptos para salvarse: creer en Allah (Dios) y en Mahoma su profeta, orar cinco veces al día, hacer limosna a los pobres, ayunar en el mes de Ramadan (IX mes del año musulmán-mes de abstinencia), hacer una peregrinación a la Meca (ciudad santa de los musulmanes) y a la Casa de Allah (casa de Dios donde está la piedra donde Dios y su profeta hablaron).



Esta fábula es contra quien interpreta los preceptos de la religión según su propio interés.





Ben Said era un buen zapatero y un musulmán devoto y practicante. Un día,
antes
del atardecer, entró en la mezquita a orar como era la costumbre.
Sentado en los
talones, en un ángulo tranquilo se preparaba a invocar a
Allah, cuando sus ojos
miraron una lechuza viejita que se estaba encaramando
en una altura del muro y
parecía ignorar al hombre delante de ella a tan
corta distancia. Ben Said la
miró un largo rato despertándole curiosidad.



Al día siguiente, a la misma
hora, regresó a la mezquita, y el
pájaro estaba allá, como encantado en el muro.
El tercer día la vio todavía
en el mismo lugar: no se había movido. Cada tarde
Ben Said encontraba al
pájaro inmóvil abrigado en el mismo sitio. Decidió
acercarse y se dio cuenta
que el mochuelo era ciego “¡Sh, he aquí! –dijo entre
sí Ben Said- he aquí
porque la pobre bestia no abandona su escondite. ¡Es ciego!
¿Cómo encontrará
su alimento?



Mientras fantaseaba, imaginaba, buscando una
respuesta a aquellas
interrogantes, llegó un halcón con las alas desplegadas y
se abrigó al lado
del mochuelo, llevaba en el pico una pequeña serpiente, se
puso a desgarrar
la carne y le daba al pobre mochuelo. Al ver aquella escena Ben
Said se
movió a compasión y empezó a pensar y razonar para sí mismo: ¡Cuán bueno
es
Dios que se toma curar de un pobre pájaro! Con su ayuda le impide de perecer
miserablemente, pobremente. Y decir que yo pobre Ben Said, tengo que
esforzarme
para vivir y tengo que trabajar para juntar un caudal o un
menudo, cuantos
zapatos y más zapatos que remendar. Más, ¿está mal
levantarse tan temprano y
trabajar con afán todo el día?, ¿Más no vale la
pena vivir con ansiedad
permanentemente cuando sería suficiente tener
confianza en la bondad de Dios que
mantiene esta ave? Tal vez yo, Ben Said,
¿no tengo el mismo valor que un
mochuelo a los ojos de Dios?



En fin Ben Said decidió abandonar su
oficio. Desde aquel día
abandonó el cuero, los clavos y el martillo, cerro la
tienda y se fue a
sentar delante de la mezquita. Estaba contento y orgulloso de
sí mismo:
“Ahora sí que me asemejo al viejo mochuelo”. Y esperaba a que los que
pasaran dejaran alguna limosna.



Se quedaba así acurrucado con la mano
tendida,
cuando pasó un amigo por allá por casualidad, lo miró y al reconocerlo
admirado le preguntó: ¿Ben Said, qué sucedió?



Para responderle el zapatero
narró toda la historia del viejo
mochuelo y del halcón socorredor. ¿No había
sido acoso aquello, un llamado
del cielo? ¿Un signo de la voluntad de Dios?, Sin
embargo el amigo meneo la
cabeza y dijo:



- Querido Ben Said me parece que tú
no has entendido nada de lo
que Dios te ha querido decir. Si te mostró la
escena, no lo hizo para que tú
corrieses a comportarte como el mochuelo, sino
para que tu imitases al
halcón que ayudó a un infortunado y más necesitado
que él. Esto solamente te
quería enseñar Dios: tú debes ser un amigo caritativo,
bondadoso para los
hermanos indigentes y debes ser para ellos un socorredor
lleno de cariño.



Ben Said que era un poco tardío de mente, aunque honesto y
conforme a razón, regresó al trabajo y con empeño para ganar más y lograr
ayudar
también a los demás, más pobres que él.

Aprovecho esta "inaguración" para dar la bienvenida a Paulov, que escribirá desde su cuerda como hago yo. Podremos disfrutar de él todo lo que se preste.
¡¡Buena suerte y a por todas Paulov!!

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